martes, 20 de diciembre de 2011

¿Son las emociones las grandes olvidadas en nuestro sistema educativo?


¿Son las emociones las grandes olvidadas en nuestro sistema educativo?

Un rey recibió como obsequio dos pequeños halcones y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenara. Pasados unos meses, el maestro informó al rey de que uno de los halcones volaba perfectamente, pero que al otro no sabía que le sucedía: no se había movido de la rama del árbol en la que le dejó, desde el día que lo trajeron.   

El rey mandó llamar a curanderos y sanadores para que vieran al halcón. Pero, después de todo tipo de intentos, ninguno de ellos pudo hacer volar al ave. Encargó entonces la misión a los miembros de la corte, pero nada consiguieron. El ave continuaba inmóvil en la rama del árbol.

Como último recurso, cierto día decidió comunicar a su pueblo que ofrecería una recompensa a la persona que hiciera volar a su halcón. A la mañana siguiente vio, asombrado, a los dos halcones volando velozmente por los jardines. El rey ordenó que llevaran ante él,  inmediatamente, al responsable de ese milagro. Casi al momento le presentaron a un campesino. El rey habló: “Así que… eres tú el que hiciste volar al halcón. ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago? ¿Tienes algún extraño poder?” El campesino, algo intimidado por la presencia del rey, le respondió: “Fue fácil, mi señor. Corté la rama del árbol, el halcón se dio cuenta de que tenía alas y echó a volar”.

Autor desconocido.



Quizás, por nuestro perfil de orientadoras y por nuestro origen, mostramos especial interés por eso que llamamos, “la persona”, esa identidad, esos valores, esos intereses, esas emociones, que hacen de cada uno de nuestros alumnos una persona especial, única e irrepetible. A menudo, cuando pensamos en la escuela, nos viene a la cabeza esta transmisión de conocimientos, ese carácter meramente instructivo que, nos trae un poco <<por la calle de la amargura>>, cuestionándonos continuamente nuestra forma de enseñar: ¿estaré consiguiendo que todos mis alumnos aprendan y les guste aprender, o en mis clases mis alumnos son como estatuas, seres inertes que no sienten ni padecen? La tarea del docente a este respecto no es nada fácil, y requiere, a nuestro modo de ver, de una vocación y un sentido de la profesionalidad que supongan este estar continuamente cuestionándose, con afán de ajustar mi acción educativa a todos y cada uno de mis alumnos. En esta tarea tan compleja queríamos aportar un poco de luz o de inspiración, cada uno que lo tome como quiera… Quizás, estemos dejando por el camino un hecho importante, y es que todo alumno, todo aprendiz, es comportamiento y pensamiento, y procesos que se unen, pero,  además de todo esto, es un conjunto de emociones que surgen, y que a veces, no se saben cómo manejar. Nuestros alumnos no son estatuas inertes, de verdad. Lo que hacemos en clase les remueve por dentro; eso sí, les puede mover positivamente o, por el contrario, creando en ellos emociones no muy positivas. Utilicemos sus emociones como pista para guiar nuestra acción educativa y, utilicemos nuestra acción educativa, para desarrollar su inteligencia emocional. Porque tan importante es que nuestros chavales sepan contenidos de historia, de física, de música… como que conozcan cuáles son sus emociones y sepan manejarlas, así como que reconozcan las emociones de quienes les rodean, sabiendo responder a sus necesidades. Esto también es necesario y vital, no sólo para mejorar nuestra acción educativa sino para responder a ese otro fin de la escuela que, a veces, y pos diferentes motivos, queda en el olvido y, es que la instrucción pierde su utilidad sino contribuye a la construcción de personas responsables y solidarias, capaz de re-crear una sociedad más humana.

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