¿Son las emociones las
grandes olvidadas en nuestro sistema educativo?
Un rey recibió como obsequio
dos pequeños halcones y los entregó al maestro de cetrería para que los
entrenara. Pasados unos meses, el maestro informó al rey de que uno de los
halcones volaba perfectamente, pero que al otro no sabía que le sucedía: no se
había movido de la rama del árbol en la que le dejó, desde el día que lo
trajeron.
El
rey mandó llamar a curanderos y sanadores para que vieran al halcón. Pero,
después de todo tipo de intentos, ninguno de ellos pudo hacer volar al ave.
Encargó entonces la misión a los miembros de la corte, pero nada consiguieron.
El ave continuaba inmóvil en la rama del árbol.
Como último recurso, cierto día
decidió comunicar a su pueblo que ofrecería una recompensa a la persona que
hiciera volar a su halcón. A la mañana siguiente vio, asombrado, a los dos
halcones volando velozmente por los jardines. El rey ordenó que llevaran ante
él, inmediatamente, al responsable de
ese milagro. Casi al momento le presentaron a un campesino. El rey habló: “Así
que… eres tú el que hiciste volar al halcón. ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago?
¿Tienes algún extraño poder?” El campesino, algo intimidado por la
presencia del rey, le respondió: “Fue fácil, mi señor. Corté la rama del
árbol, el halcón se dio cuenta de que tenía alas y echó a volar”.
Autor desconocido.
Quizás, por nuestro perfil de
orientadoras y por nuestro origen, mostramos especial interés por eso que
llamamos, “la persona”, esa identidad, esos valores, esos intereses, esas
emociones, que hacen de cada uno de nuestros alumnos una persona especial,
única e irrepetible. A menudo, cuando pensamos en la escuela, nos viene a la
cabeza esta transmisión de conocimientos, ese carácter meramente instructivo
que, nos trae un poco <<por la calle de la amargura>>,
cuestionándonos continuamente nuestra forma de enseñar: ¿estaré consiguiendo que todos mis alumnos aprendan y les guste
aprender, o en mis clases mis alumnos son como estatuas, seres inertes que no
sienten ni padecen? La tarea del docente a este respecto no es nada fácil,
y requiere, a nuestro modo de ver, de una vocación y un sentido de la
profesionalidad que supongan este estar continuamente cuestionándose, con afán
de ajustar mi acción educativa a todos y cada uno de mis alumnos. En esta tarea
tan compleja queríamos aportar un poco de luz o de inspiración, cada uno que lo
tome como quiera… Quizás, estemos dejando por el camino un hecho importante, y es
que todo alumno, todo aprendiz, es comportamiento y pensamiento, y procesos que
se unen, pero, además de todo esto, es
un conjunto de emociones que surgen, y que a veces, no se saben cómo manejar.
Nuestros alumnos no son estatuas inertes, de verdad. Lo que hacemos en clase
les remueve por dentro; eso sí, les puede mover positivamente o, por el
contrario, creando en ellos emociones no muy positivas. Utilicemos sus
emociones como pista para guiar nuestra acción educativa y, utilicemos nuestra
acción educativa, para desarrollar su inteligencia emocional. Porque tan importante
es que nuestros chavales sepan contenidos de historia, de física, de música…
como que conozcan cuáles son sus emociones y sepan manejarlas, así como que
reconozcan las emociones de quienes les rodean, sabiendo responder a sus
necesidades. Esto también es necesario y vital, no sólo para mejorar nuestra
acción educativa sino para responder a ese otro fin de la escuela que, a veces,
y pos diferentes motivos, queda en el olvido y, es que la instrucción pierde su
utilidad sino contribuye a la construcción de personas responsables y
solidarias, capaz de re-crear una sociedad más humana.